Cómo vivir con más fuerza vital

Cómo vivir con más fuerza vital, lo descubrirás si decides leer este artículo hasta el final y que es fruto de haberme leído el 15 y último capítulo del libro Psico-Cibernética.

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Partiendo de la base que todo estudio científico ha iniciado a partir de una suposición, de una hipótesis o de una fe en algo todavía desconocido, el Doctor Maxwell en este final de su gran obra maestra, nos comparte las creencias, que sin ser fruto de ningún estudio científico,  formaron parte de su vida y que le sirvieron de verdadero valor práctico.

 

Cómo vivir con más fuerza vital
Cómo vivir con más fuerza vital

El cuerpo físico

Sobre el cuerpo físico, incluyendo el cerebro y el sistema nervioso, el Dr. Maxwell Malt tenía la creencia de que  es una máquina que se compone de numerosos mecanismos pequeños, todos ellos construidos para cumplir un propósito determinado o ser dirigidos a una meta prefijada.

Sin embargo, no creía, que las personas, sean simplemente una máquina.

Al contrario, creía que la “esencia” de los seres humanos es lo que hace que se mueva y anima a su máquina; que esta esencia habita en la máquina, que es lo que la dirige, la controla y la utiliza como un vehículo.

Entonces, según Maxwell, el ser humano, por sí mismo, no es la máquina, del mismo modo que la electricidad tampoco es el cable por el que se transmite o el motor a que hace girar.

Él creía, por otra parte, que la “esencia” de los humanos, es aquello a lo que el Dr. J. B. Rhine denominaba lo “extrafísico”, o sea, su vida o su vitalidad, su conciencia, su inteligencia y su sentido de la identidad; en fin, eso mismo que él llamaba su “Yo”.

La fuerza de la vida

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Después de leer largo y tendido sobre los estudios hechos por hombres de ciencia y su propia experiencia, Maxwell, llegó a adoptar la creencia de que el mismo cuerpo se halla dotado de la capacidad de mantenerse en estado saludable; de la capacidad de curarse a sí mismo de las enfermedades y mantenerse joven mediante la feliz adaptación con los diversos factores a que solemos llamar “el proceso del envejecimiento”.

Los estudios realizados por el Dr.Hans Selye, de la Universidad de Montreal, fueron responsables de unas de las creencias que aceptó adoptar el Dr. Maxwell y que no sólo demostraron que el cuerpo es capaz de curarse a sí mismo, sino que, en final de cuentas, esa es la única cura que realmente existe.

Dichos estudios, concluyeron que las drogas, la cirugía, así como las diversas clases de terapias, sólo funcionan a modo de estimulantes del propio mecanismo de defensa del cuerpo cuando éste se halla en un estado depresivo o para armonizarlo, rebajándole el estado de exaltación en el momento en que el cuerpo sobrepasa su funcionamiento.

Entonces, según dichos estudios, la energía de la adaptación, por sí misma, es la que, finalmente, supera la enfermedad, sana la herida o la quemadura o nos hace superar otras violencias de carácter interno o externo a las dificultades de nuestro cuerpo.

EL SECRETO DE LA JUVENTUD

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Si la fuerza de la vida también llamada energía de adaptación es un impulso vital que se manifiesta por si misma, Maxwell quiso creer, que la energía que sana una herida es la misma que mantiene todos nuestros otros órganos en funcionamiento constante y que cuando esta energía se encuentra en su grado óptimo, funcionan con mayor perfección todos nuestros órganos, nos sentimos mejor, sanamos más rápidamente de las heridas, nos mostramos más resistentes a las enfermedades, nos recuperamos con más celeridad de cualquier clase de perturbación, nos sentimos más jóvenes y también nos comportamos, con relación a esta sensación, biológicamente más jóvenes.

El secreto de la juventud según Maxwell, radica en utilizar lo mejor posible la fuerza vital.

Así es como llegó a la conclusión de que cualquiera que sea la terapia que nos ayude a sanar más rápidamente de nuestras heridas, debe también ayudarnos a sentirnos más jóvenes.

Cualquiera que sea la terapia, específica o no específica, que nos ayude a superar el malestar y los dolores, puede, por ejemplo, mejorar nuestra vista.

Esta es, pues, precisamente la dirección que se emprendió  con respecto a las investigaciones en el campo de la medicina y la que también pareció ser la más prometedora.

EL SISTEMA retículo-endotelial

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El Dr. Maxwell, siguiendo los avances en la rebusca científica del elixir de la juventud, también aceptó la creencia de que el sistema reticular puede proporcionarnos una nueva vitalidad, así como extraordinaria mejoría en cuanto respecta a los diversos aspectos de la vida física, ya que hubieron multitud de estudios, que confirmaron que  la clave real de la longevidad y la resistencia a la enfermedad debe hallarse en el funcionamiento de las células que elaboran el tejido conectivo del cuerpo conocido con el nombre del sistema retículo-endotelial y que se halla presente en cada una de las partes del cuerpo, tanto en la piel como en los diversos órganos y en los huesos.

Dicho tejido conectivo es como el cemento que aloja juntas a todas las células del cuerpo y conecta a las unas con las otras.

Además de ejecutar una serie de importantes funciones, también desempeña el papel de forro o escudo protector de los diversos órganos del cuerpo humano, es decir, envuelve, inmoviliza y destruye a los invasores extraños.

También en esa época se descubrió que  las células del sistema reticulo-endotelial ejercen también labores de control sobre los mecanismos de desarrollo y de antidesarrollo que tenemos dentro del cuerpo por lo que parecía ser que la mejor fuente de la juventud que el mismo cuerpo haya logrado construirse dentro de sí,  ya que si este sistema funciona con propiedad, creían poder conseguir mayor provecho de una “vida más llena” y de una superior “energía de la adaptación” y que cuando dicho sistema adquiere una mayor actividad, asimismo, cuando se halla sujeto a diversas amenazas y a daños físicos, etc.  desarrolla una actividad mucho mayor de la normal en el momento que, por ejemplo, el cuerpo padece una infección, y cuando éste, como es natural, necesita de defensas adicionales.

En definitiva, que el mecanismo de defensa general del cuerpo adquiere, a veces, mucha mayor actividad cuando se halla sometido a la influencia de una violenta tensión de carácter general (infecciones, choques eléctricos, agotamiento o conmoción de la insulina, una experiencia desgarradora, etc.)

La súper creencia del Dr. Maxwell era que a través del dicho mecanismo de defensa es por donde funcionaba la terapia celular que descubrió el doctor Niehans y no por aplicar células de tejidos de embriones de animales, en tejidos dañados de personas, ya que que la introducción en el sistema de unas proteínas extrañas provocan diversas conmociones en el sistema reticulo-endotelial.

Los estudios y aplicaciones propias que hizo el mismísimo D. Maxwell Maltz, le llevó a la conclusión de que

cualquier factor (emocional, mental, espiritual, farmacéutico), que estimule la fuerza de la vida dentro de nosotros, tiene, como consecuencia un efecto benéfico, no sólo local sino también general.

LA FRUSTRACIÓN Y LA TENSIÓN EMOCIONAL

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Dichos estudios también hicieron llegar a la conclusión de que la frustración y la tensión emocional (esos mismos factores previamente descritos como el “mecanismo de la frustración”) añaden “un insulto a la injuria” en cualquier instante en que el cuerpo físico padezca un daño.

Si el daño físico es muy ligero, algunas tensiones emotivas, pueden estimular el mecanismo de defensa para que entre en actividad, pero si en realidad el daño fisiológico es grande, la tensión emotiva hará solamente que éste empeore.

Este conocimiento nos da suficiente motivo para que nos detengamos a pensar:

Si el proceso del envejecimiento sobrepasa su desarrollo natural por el exceso que hayamos hecho de nuestra energía de la adaptación, como parecen opinar muchos de los especialistas de esta rama científica, entonces las indulgencias que adoptemos con respecto a los componentes negativos del mecanismo de la frustración podrán, literalmente, hacernos más viejos antes de tiempo.

Hace mucho tiempo que los filósofos nos dijeron, y ahora lo confirman las investigaciones médicas, que tanto el resentimiento y el odio nos hacen más daños que las mismas personas contra las que los dirigimos.

El secreto para sanar rápidamente las heridas

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El secreto para sanar rápidamente las heridas no radica ni en la edad, ni en la dieta, ni en el promedio del pulso, ni en la presión sanguínea, sino en el carácter y actitud, es decir, las personas, alegres, optimistas, con ideación positiva, que además de confiar que sanarán pronto, tienen alguna razón o necesidad que les impulse a sanar pronto.

En definitiva , las personas que sanan rápidamente las heridas son las que tienen algo hacia qué mirar y no sólo “algo por qué vivir” sino también “algo por qué estar bien”.

El Dr. William Clarence Lieb fue uno de los que sus estudios le llevaron a hacer esta declaración:

  “La experiencia me ha enseñado a considerar el pesimismo como un síntoma mayor de prematura fosilización. Suele éste presentarse con el primer síntoma menor del decaimiento fisiológico”.

Y también esta:

“Se han sometido a diversas pruebas las perturbaciones de la personalidad en los períodos de la convalecencia y en uno de los hospitales en que se realizaron esta clase de experimentos logró demostrarse que el período-promedio de la hospitalización había aumentado en un cuarenta por ciento debido a esta causa…”

Así pues, por aquel entonces se pudo llegar a la conclusión  de que el optimismo, la alegría, la confianza, la fe y los éxtasis emotivos operaban tan bien y tan rápidamente como el suero del tejido de antigranulación que había formulado y aplicado el mismísimo Dr. Maxwell con infinidad de pacientes, en cuanto respecta a la rapidez de la curación y a mantenernos más jóvenes y que, nuestro “mecanismo del éxito” trabaja como un suero de la juventud que podíamos emplear para vivir más y con mayor energía.

Las Ideas

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Las ideas proveen al organismo de tanto bienestar como las transformaciones funcionales, es decir, las actitudes mentales pueden influir sobre los mecanismos de curación del cuerpo humano.

Esto lo demostró claramente el efecto placebo que experimentaron las personas que participaron en un caso de estudio con pastillas de azúcar, pues obtuvieron los mismos  resultados que las personas que se les había aplicado un tratamiento farmacológico.

Algunas de las declaraciones hechas por las personas tratadas con las bolitas de azúcar son estas:

“Me he fortalecido.

Tengo mejor mis riñones.

Puedo caminar más lejos sin que me llegue a doler el pecho”.

Se comprobó, de manera evidente, que estas píldoras de azúcar hubieron operado en algunos casos “con tanta eficacia como las vacunas contra la artritis reumáticas crónicas”.

 

También durante la II Guerra Mundial, la Marina Real del Canadá sometió a prueba a una nueva droga contra el mareo.

El Grupo Nº 1 recibió la nueva droga y el Grupo Nº 2 recibió “píldoras de azúcar” y sólo el trece por ciento de las personas de ambos grupos padeció de mareo, mientras que los miembros del Grupo No. 3, que no recibieron nada, resultaron todos mareados.

LA SUGESTIÓN

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La “sugestión” no explica nada porque a los pacientes que han tenido un efecto placebo no se les puede decir que se les ha aplicado un “tratamiento de broma” si queremos que éste sea efectivo.

Ellos creen que han recibido medicinas legítimas las cuales van a producirles la mejoría.

El Dr. Maxwell llegó a la conclusión  de que al tomar la “medicina se despierta cierta expectación con respecto a la mejoría del paciente y que establecemos en la mente del mismo una “auto-imagen objetivo de la salud” y desde ese instante, el mecanismo de la creación opera a través de nuestro propio mecanismo de la salud del cuerpo, el cual trata, entonces de alcanzar su “meta de curación”.

Pensar en la vejez

También se hicieron estudios que confirmaron que pensar en la vejez, con la idea en mente de que una persona se hace vieja e inservible alrededor de los setenta años es responsable en gran medida de que el individuo se sienta anciano precisamente a esa edad, y así, en el futuro más ilustrado podremos considerar los setenta años como una edad media.

En cambio también se estudiaron el caso de algunos individuos que se encontraban entre los cuarenta y los cincuenta años y que empezaron a mostrarse y actuar como ancianos, mientras que otros continuaron comportándose y manifestándose como jóvenes.

También se estudiaron a sujetos mayores de cuarenta y cinco años que se consideraban a sí mismos personas de mediana edad, que sentían que ya estaban descendiendo de la “colina”, mientras que los más jóvenes de cuarenta y cinco aún se veían ascendiendo al “monte”.

Al esperar envejecer a una edad determinada, ponemos inconscientemente una imagen de meta negativa a nuestro mecanismo de creación para que éste trate de alcanzarla.

También, cuando esperamos hacernos viejos y comenzamos a sentir el temor de las primeras embestidas de la edad avanzada, quizás hagamos involuntariamente todo lo que no debemos, precisamente todas esas “cosas” mediante las cuales habremos de alcanzar, con mayor rapidez, las sensaciones de la senilidad.

Cuando comenzamos, por ejemplo, a descuidar nuestras actividades físicas y mentales; a alejarnos de todas las actividades físicas que requieren ser tratadas vigorosamente, no hacemos más que perder la flexibilidad de las coyunturas.

La carencia de ejercicio físico obliga  a los vasos capilares a contraerse e incluso a hacerlos desaparecer virtualmente, y el suministro de nueva sangre vivificante, que habríamos de proporcionar a nuestros tejidos, queda cortado en forma drástica.

El ejercicio vigoroso es necesario para dilatar las vasos capilares que suministran toda la sangre a los tejidos reemplazando simultáneamente a las toxinas o productos de desecho.

El doctor Selye cultivó células de animales dentro del cuerpo de un animal vivo, introduciendo en el cuerpo del mismo un tubo hueco.

Por alguna razón desconocida estas células, nuevas y jóvenes biológicamente, se formaron dentro de este tubo.

Descuidadas y sin la debida protección morían, sin embargo, en el transcurso de un mes, no obstante, si el fluido del tubo era lavado diariamente y se le quitaban los productos de desecho, las células vivían por tiempo indefinido.

Permanecían eternamente jóvenes sin envejecer ni morir.

El doctor Selye supuso que éste podía ser el mecanismo del envejecimiento, y que si es así, entonces, el envejecimiento puede posponerse mediante la reducción del promedio de los productos de desecho o ayudando al sistema a que se desprenda de los mismos.

En el cuerpo humano, los vasos capilares constituyen los canales a través de los cuales se vacían los

productos de desecho.

Se ha establecido definitivamente que la carencia de ejercicio “seca” los mencionados vasos capilares.

La “actividad” indica “vida”

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La actividad indica vida, por lo que las personas que toman la decisión de reducir las actividades sociales y mentales, se engañan a sí mismas ya que  quedan detenidas en sus propios caminos, como enterrados y vencidos y fuera “de los grandes acontecimientos” que pudieran animar su “gran expectación”.

Por lo que si a un joven sano de unos 30 años de edad se le logra convencer de que ya es un viejo, de que toda actividad física es peligrosa para él, así como fútil la actividad mental que intente desarrollar, llegará a convertirse en un verdadero anciano en no más de cinco años de tiempo.

Si, además, le inducimos a que pase todo el día sentado en una mecedora, a que cese de soñar en el futuro, que detenga todos sus intereses a ideas nuevas y a que se considere a sí mismo como una persona “inválida”, buena para nada, sin importancia y sin capacidad de producir ni crear, Maxwell estaba convencido de que se habría formado experimentalmente a un anciano.

NECESIDADES BÁSICAS

El Dr. John Schindler, en su famoso libro How to Live 365 Days a Year –“Cómo vivir 365 días al año”- (Prentice-Hall, Inc., Englewood Cliffs, N. J.), señala las que él cree sean las seis necesidades básicas que debe poseer cada sujeto humano:

  1. La necesidad del amor
  2. La necesidad de la seguridad
  3. La necesidad de la expresión creadora
  4. La necesidad de reconocimiento
  5. La necesidad de nuevas experiencias
  6. La necesidad de autoestimación

Y Maxwell, a estas seis necesidades le añadió otra necesidad básica…

La necesidad de vivir más, o sea, la necesidad de mirar hacia el mañana con alegría y anticipación.

MIRAR HACIA ADELANTE Y VIVIR

El Doctor Maxwell Maltz también aceptó la creencia de que la vida es por sí misma adaptativa; que la vida no concluye en sí misma, sino que constituye un medio para alcanzar un fin.

Y que la vida es, pues, uno de los “medios” que tenemos el privilegio de emplear, de diversos modos, para la consecución de metas sumamente importantes.

Y que podemos observar que no concluye en sí misma, sino que constituye un medio para desde la ameba hasta el hombre.

Y que el oso polar, por ejemplo, necesita de una espesa piel con el objeto de lograr la supervivencia en un ambiente sumamente frío. Necesita, además, de un color protector para poder ocultarse de sus enemigos. La fuerza de la vida actúa como un “medio” para conseguir estos fines, y así provee al oso polar del blanco manto protector que constituye su piel.

Y que, estas adaptaciones de la vida para tratar con diversos problemas del ambiente son casi infinitas y por ello no tenemos por qué continuar enumerándolos.

Y también, que si la vida se adapta a sí misma, en tan diversas formas, para actuar como un medio que conduce a un fin, ¿no es, acaso, razonable presumir que si nos colocamos en una especie de “situación-objetivo”, que necesita mayor vida para desenvolverse, no habríamos de recibir más “intensidad vital”?

Por lo que si consideramos al hombre como un “buscador de objetivos”, tendremos que pensar con respecto a la energía de la adaptación de la fuerza de la vida como en el combustible propulsor o en la energía que habrá de dirigirnos hacia esa meta que nos proponemos.

Un automóvil que se guarda en el garaje no necesita tener gasolina en su tanque.

Tampoco un “buscador de objetivos” sin objetivos necesita realmente de mucha fuerza de vida.

 

Crearse una necesidad para vivir más

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La capacidad de crearse una necesidad constituye, ciertamente, una de las características más importantes de la fuerza de la vida.

Ahora bien, la esencia de la capacidad de creación consiste en mirar hacia delante persiguiendo constantemente una meta.

La gente creadora necesita de mayor fuerza vital.

Las tablas de registro, por otra parte, parecen también confirmar que esta clase de personas logran siempre una mayor fuerza de vida.

Como grupo, los trabajadores con capacidad de creación –investigadores científicos, inventores, pintores, escritores, filósofos, etc.-, no sólo viven más, sino que también continúan produciendo durante mucho más tiempo que los individuos que se ocupan de otras clases de actividades.

(Miguel Angel pintó algunos de sus mejores cuadros a la edad de ochenta años;

Goethe escribió el Fausto pasados los ochenta;

Edison continuaba aún inventando a los noventa años;

Picasso, hasta avanzada edad , dominó el arte mundial;

Wright, a los noventa y cinco años, estaba aún considerado como el más creador de los arquitectos de la época;

Shaw se hallaba aún escribiendo comedias a los noventa años;

La abuela Moses comenzó a pintar a los setenta y nueve, etc…

Es por ello que Maxwell aconsejaba a sus pacientes que procuraran “desarrollar una ‘nostalgia’ del futuro”, en vez de hacerlo con respecto al pasado, en el caso que quisieran continuar un género de vida productivo y vital.

Cuando desarrollamos “el entusiasmo por la vida”, decía,  nos creamos la necesidad de obtener más “vida” e, indudablemente, adquirimos mayor fuerza vital.

No envejecemos a causa de los años, sino debido a los acontecimientos y a nuestras reacciones emotivas a los mismos”, decía el Dr. Arnold A. Hutschnecker.

Y “El fisiólogo Rubner observó que la mujer campesina que trabaja en el campo y es mas retribuida suele, en algunas partes del mundo, arrugársele la cara prematuramente, pero, no obstante, no experimentan la pérdida de la fuerza ni de la resistencia físicas ( este es un  ejemplo especial con respecto al proceso del envejecimiento.)

Podemos, pues, razonar que estas mujeres han renunciado a su papel de “competición” como sujetos del género femenino; se han resignado a vivir la vida trabajadora de la abeja y, debido a ello, no necesitan la belleza del rostro sino sólo de sus capacidades físicas”. (Arnold A. Hutschnecker, The Well to Live –“La voluntad de vivir”- Revised Edition, Englewood Cliffs, N. J., Prestice-Hall, Inc.)

Hutschneker comentaba también cómo la viudez suele envejecer a unas mujeres y no a otras.

Si la viuda siente que su vida ha llegado a su fin y no tiene nada por qué vivir, su actitud habrá de prestarle “una notable evidencia de la vejez mediante el gradual arrugamiento de la piel y la continua y progresiva transformación de sus cabellos que se le irán poniendo grises rápidamente”.

“…Sin embargo, otra mujer, verdaderamente más vieja, comienza a florecer.

Esta entrará a la competencia por buscarse un nuevo marido o puede entregarse a una carrera de negocios o quizás se ocupe de algo interesante, porque, es posible, no dispuso del ocio suficiente para ello hasta este mismo momento”. (De la misma obra).

La Fe, el Valor, el Interés, el Optimismo y el mirar siempre hacia delante nos hace entrar en una nueva vida y nos provee de mayor fuerza vital.

La futilidad, el pesimismo, la frustración y el vivir en el pasado no constituyen, solamente, las características esenciales de la edad avanzada, sino que también contribuyen a envejecernos.

Retírese de un empleo, pero nunca se retire de la vida

Son muchos los hombres que comienzan a “descender la colina de la vida” luego de haberse retirado de un empleo.

Sienten que ya han completado su vida de actividad productiva y que su tarea ya está totalmente hecha.

No tienen nada a qué mirar hacia delante, se deprimen y se hacen inactivos y, con frecuencia, hasta padecen la pérdida de la auto-estimación ya que se sienten aparte de todas las cosas del mundo; nada, absolutamente nada habrá de importarles desde ahora en adelante.

Van creando y desarrollándose una auto-imagen en la que se conciben como seres inservibles, sin valor, completamente derrotados y fuera de uso.

En fin, muchos de ellos mueren al transcurrir un año o así luego de haberse retirado de la vida de trabajo.

No es el retiro del trabajo lo que asesina a estos hombres: es el retirarse de la vida.

Es la sensación de no servir para nada, de haber sido barridos de la vida; la derrota de la autoestimación, del valor y de la confianza en sí mismos, las cuales, las actitudes de la sociedad actual procuran alentar.

Necesitamos saber, pues, que estas actitudes se basan en conceptos anticientíficos y pasados de moda.

Antaño, algunos psicólogos creían que las fuerzas mentales del hombre alcanzaban su cumbre a la edad de veinticinco años y que luego comenzaban a declinar poco a poco.

Los últimos descubrimientos manifiestan, sin embargo, que un hombre alcanza su cumbre mental alrededor de los treinta y cinco años manteniendo el mismo nivel hasta bien pasados los setenta.

Tales tonterías como esa que dice que “uno no puede enseñarle nuevas mañas a un perro viejo” persisten aún a pesar del hecho de que numerosos investigadores han demostrado que la capacidad de aprender es tan buena a los setenta como a los diecisiete años de edad.

Conceptos médicos desaprobados y pasados de moda

Durante una época, los psicólogos solían creer que cualquier tipo de actividad física habría de ser dañosa para el hombre mayor de cuarenta años.

“Los médicos somos tan culpables como las demás personas por haber aconsejado a los pacientes que rebasaron esta edad que tomasen las cosas con calma y por prohibirles jugar al golf y hacer cualquier otra clase de ejercicios físicos”, decía Maxwell.

Uno de los más famosos escritores sugería, incluso, que cualquier individuo mayor de los cuarenta no debería nunca permanecer de pie si podía estar sentado, y nunca debería quedarse sentado si podía acostarse, y ello sólo con el objeto de que pudiese conservar la fuerza y la energía.

Los psicólogos y los médicos, incluyendo entre estos últimos a los mejores especialistas nacionales del corazón, ahora nos dicen que la actividad, incluso la actividad extremada, no es sólo posible sino que se requiere, para que podamos, a cualquier edad, conservarnos en buen estado de salud.

Nunca será el individuo demasiado viejo para que no pueda hacer ejercicios físicos. El sujeto, incluso, se pondrá enfermo en el caso de que irrumpa a ejecutarlos demasiado pronto.

O si el individuo ha permanecido en la mayor inactividad, por un tiempo demasiado largo, el repentino ejercicio extremado quizás le produzca un pésimo efecto e incluso le enferme y le sea fatal.

Así, pues, si tú no estás acostumbrado al ejercicio extremado, el consejo que te daría el Dr. Maxwell es que te  lo tomes con calma”, y comiences a hacerlo de una manera gradual.

El Dr. T. K. Cureton, que fue de los primeros médicos en estudiar el re-acondicionamiento físico de los hombres de cuarenta y cinco a ochenta años de edad, sugirió que nos tomemos por lo menos dos años de tiempo para que vayamos adquiriendo gradualmente la capacidad de poder realizar una actividad extremada.

Si has pasado de los cuarenta años, procura olvidar el peso que levantabas cuando te hallabas en el colegio; asimismo, procura no recordar lo de prisa que corrías.

Comienza por pasear diariamente alrededor de la manzana en que habitas.

Aumenta, poco a poco, la distancia hasta una milla; luego, dos, y después de haber transcurrido seis meses, hasta seis millas diarias. Luego, alterna entre saltar y caminar. Primero, haz una carrerilla de una media milla diaria: más tarde, una milla completa.

Posteriormente, podrás añadir a tus ejercicios diarios pequeños saltitos, flexiones de piernas y quizás a comenzar un entrenamiento moderado de levantamiento de pesas.

Empleando un programa como éste, el doctor Cureton, después de haber tomado algunos hombres “débiles” y decrépitos de cincuenta, de sesenta y inclusive de setenta años, les hizo correr como a cinco millas diarias luego de dos o dos y medio años de entrenamiento.

No sólo se sintieron mejor estos individuos, sino que también las pruebas médicas mostraron una gran mejoría en el funcionamiento del corazón y de los demás órganos vitales de los mismos.

Los milagros

El Doctor Maxwell también confesó creer en los milagros ya que la ciencia médica no pretende saber el porqué se conducen así los diversos mecanismos que existen dentro del cuerpo.

Por aquellos años se conocía muy poco acerca de cómo se produce ello y por qué acontece de esta manera.

Se podía  describir, desde luego, lo que ocurre y cómo funcionan los mecanismos cuando el cuerpo humano sana en un corte que se le ha hecho. Ahora bien, la descripción no es precisamente una explicación, independientemente de los términos técnicos en que se trate de hacer aquella. Él tampoco comprendía todavía el porqué y el cómo sana un dedo por sí mismo cuando se le hace algún corte.

Tampoco comprendía la potencia de la fuerza de la vida que hace funcionar a los mecanismos de la curación, y mucho menos entendía aún cómo se aplica esa fuerza o cómo ejecuta su trabajo.

Tampoco logró percibir a la inteligencia que ha creado esos mecanismos ni como esa inteligencia directiva opera sobre los mismos.

El Dr. Alexis Carrel, al escribir sus observaciones personales sobre las curaciones instantáneas que se verifican en Lourdes, decía que la única explicación que podría dar como doctor en medicina consistiría en que los procesos naturales de curación del propio cuerpo, que normalmente funcionan durante un período de tiempo para traernos la salud, podrían someterse, de alguna extraña manera, a una tremenda aceleración causada por la intensidad de la fe del paciente.

Si los milagros, como decía el doctor Carrel, son realizados por la aceleración de o por la intensificación de, los procesos de la curación natural y las fuerzas que existen dentro del cuerpo, en ese caso el Doctor Maxwell declaró haber sido testigo de un “pequeño milagro” cada vez que veía sanar por sí misma a una herida causada por intervención quirúrgica cuando ésta desarrollaba su nuevo tejido y que si para ello se requiere de dos minutos, dos semanas o dos meses, eso no altera la diferencia de tanto como él lo pudiera ver. Además, también dijo haber sido testigo del funcionamiento de algunas fuerzas que aún no logró comprender.

La Ciencia Médica, la fe y la vida

Tanto la ciencia médica como la fe y la vida, proceden de la misma fuente.

Dubois, el famoso cirujano francés, desplegó una gran muestra en su gabinete de operaciones; ésta decía: “El cirujano venda la herida, pero sólo Dios la cura”.

Pues bien; lo mismo puede decirse de cualquier tipo de medicación, desde los antibióticos hasta las drogas contra los resfriados.

No obstante, no logró comprender como una persona racional pueda renunciar a la ayuda médica debido a que la crea contraria a su fe.

Creía que tanto la capacidad médica como los descubrimientos hechos por la medicina han sido posibles gracias a la misma inteligencia y a la misma fuerza de la vida que opera a través de la curación de la fe, y, debido a esta misma razón, no podía prever un posible conflicto entre la ciencia médica y la religión.

“La curación médica y la curación por medio de la fe derivan de la misma fuente y deben operar conjuntamente” decía Maxwell.

Y también declaró que:

Ningún padre que vea a su hijo atacado por un perro furioso habrá de quedarse sin movimiento y decir: “No debo hacer nada porque tengo que probar mi fe”.

Tampoco habrá de rehusar la ayuda de un vecino que trae consigo una estaca o un arma de fuego.

Pues bien; así uno reduce el tamaño del perro furioso a trillones de veces y lo llama una “bacteria” o un “virus”, el mismo padre quizás rehuse la ayuda de su vecino-médico, que trae el debido instrumento para atacar el mal que padece su hijo, en forma de una cápsula, de un escalpelo o de una gomita.

No poner limitaciones a la vida

Cómo vivir con más fuerza vital
Cómo vivir con más fuerza vital

La meta real de cada persona, según Maxwell, debe consistir en procurar vivir mejor y en alcanzar una vida más dilatada.

Cualquiera que pueda ser la definición que el sujeto tenga con respecto a la felicidad, sólo habrá de experimentar más felicidad en el caso de que sienta mayor intensidad de la vida.

Mayor intensidad de vida significa, entre otras cosas, más satisfacciones, que se tengan en cuenta –y que se procure apuntar hacia ellas- metas valiosas, más experiencia en la entrega de amor, más salud y alegría, y en pocas palabras, mayor felicidad para sí mismo y para los otros.

Maxwell creía que existe UNA VIDA, una fuente de recursos, pero que esta VIDA ÚNICA dispone de muchos canales de expresión y se manifiesta en formas variadísimas.

Si no desea obtener “mayor intensidad vital de la misma vida”, no debe, entonces, limitar los canales a través de los cuales la vida fluye hacia nosotros.

Debemos aceptarla, ya nos llegue en forma de Ciencia, de Religión, de Psicología o como quiera que sea.

Otro importante canal, a través del cual fluye la vida hacia nosotros, lo forma el prójimo.

No nos permitamos, pues, rehusar la ayuda, la felicidad y la alegría que puedan proporcionarnos otras personas o las que nosotros podamos brindarles a ellas.

No seamos demasiado orgullosos, para aceptar la ayuda que nos brinde el prójimo, ni nos mostremos excesivamente endurecidos para dársela nosotros.

No nos permitamos decir que está “sucio”, debido a que la forma del regalo no coincida con nuestros prejuicios o las ideas que poseemos con respecto a nuestra propia importancia.

La mejor de todas las auto-imágenes

Cómo vivir con más fuerza vital
Cómo vivir con más fuerza vital

Finalmente, no nos permitamos limitar nuestra aceptación de la vida a causa de los sentimientos que poseamos respecto a nuestro pequeño valor.

Dios mismo nos ha ofrecido el olvido, el perdón y la paz de espíritu que proceden de nuestra misma auto-aceptación.

Constituye un insulto a nuestro Creador el que tornemos las espaldas a estos regalos y digamos que Su criatura –el Hombre- es tan “sucio” que no puede ser importante ni capaz de nada, y, por tanto, es un sujeto indigno.

La “autoimagen” más realista y adecuada de todas es la que consiste en concebirnos como hechos “a la imagen y semejanza de Dios”.

“Usted no podrá creer ser una criatura de Dios, profunda y sinceramente, con plena convicción, si no es capaz de recibir una nueva fuente de fuerza y de poder”, dice el Dr. Frank G. Slaughter.

Las ideas y los ejercicios de este libro han ayudado a muchos de los pacientes de Maxwell.

Ahora nos toca a sus lectores…

“EXTRAE, PUES, MAYOR GOCE DE LA VIDA”

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